12 abril, 2007
La mente humana necesita encontrar explicaciones para todo, por eso cuando la ciencia se ve incapaz de proporcionarnos respuestas adecuadas, buscamos explicaciones en otras fuentes.

En el Paleolítico, los adelantos científicos se reducían al dominio del fuego o a la fabricación de toscos utensilios, por eso los primeros humanos necesitaban explicar fenómenos naturales que les sorprendían o atemorizaban. ¿Por qué la luz potente que brillaba en el cielo desaparecía y volvía a aparecer periódicamente? ¿Por qué había temporadas de frío y calor? ¿Por qué los árboles perdían sus hojas? ¿Por qué llovía? Sólo unos seres invisibles y omnipotentes podían hacer crecer la hierba, derretir el hielo, arrebatar la vida… Y, tal vez, por encima de esas deidades hubiera alguien superior que creaba, destruía, organizaba y movía los hilos desde la sombra. ¿Quién era?

En aquellos remotos tiempos, el hombre aún no había descubierto cuál era su papel en la procreación, creía que la mujer era fecundada por el viento, por el agua o por la tierra, que los dioses le habían regalado el poder mágico de engendrar hijos. La mujer-madre, gracias a su capacidad reproductora, se convirtió en Diosa, en generadora de vida.

Basándose en la multitud de representaciones femeninas halladas en las excavaciones arqueológicas, una teoría antropológica afirma que nuestros antepasados rendían culto a la Diosa Madre, nombre que se les atribuye a todas las diosas prehistóricas que fueron adoradas en las más diversas zonas del mundo. No se han encontrado representaciones de los genitales masculinos, sin embargo, las partes íntimas de la mujer se recrean profusamente en la pintura y la escultura paleolítica. Cuando los paleontólogos del siglo XIX encontraron aquellas figuritas de enormes caderas, pechos desmesurados y explícito pubis, pensaron que los cavernícolas eran unos animales en celo permanente. No consideraron la posibilidad de que aquellas figuras no eran la obra de un Rubens pasado de rosca, sino la imagen de una diosa fecunda, madre del universo.

Bajo los más variados aspectos, con ojos de pez o cabeza de serpiente, embarazadas o pariendo, las diosas prehistóricas fueron substituidas por unas sucesoras más refinadas como Isis, Beltis, Gea… que reinaron hasta que los hombres fabricaron un dios a su imagen y semejanza. A partir de ese momento, la Gran Diosa dejó de cobijar a la humanidad bajo su manto protector y la mujer sufrió un rápido y cruel recorte de sus libertades y prerrogativas. Dios se hizo hombre y el hombre fue el dueño de la mujer.
 
María Dubón ¤ 14:09 | 1 comments
11 abril, 2007
Cómo comportarte con la gente. Siempre es un misterio. A fuerza de recibir dentelladas, dejé de compartir emociones, de ver a amistades, de acercarme al linde de la intimidad de otros. Al principio pensaba que me estaba volviendo retraída, egoísta, asocial. Con el paso del tiempo me he dado cuenta de que es un efecto colateral de la vida.

Tú, yo, nosotros, somos bolas de billar que rodamos por el tapete inmenso del mundo. Trazamos parábolas, movimientos circulares, seguimos trayectorias rectas, chocamos unos con otros y salimos rebotados hacia extremos remotos. Luego nos quedamos inmóviles, lamiéndonos las heridas. Son putadas que tiene la vida y, aunque parezca mentira, no es por culpa de Zapatero.

Paradójicamente, cada día que pasa me percato más de que tengo que cuidar y apoyar a quienes tengo más cerca. A los que se preocupan de mí. La peor tragedia es olvidarnos precisamente que aquellos a quien más queremos y más nos quieren, dar por sentado el afecto y dejar de mostrarlo.

¿Qué puedes esperar de los demás? Que te resuelvan la vida. Que practiquen contigo el Kama-Sutra. Que te adoren. Que te enchufen en una poltrona vitalicia. Hay que esperar una sonrisa, un guiño, una broma, una mano tendida, un cálido abrazo. Aprendes a hostias que no hay nada como la sinceridad, lo auténtico. Pocas cosas son tan odiosas como la hipocresía. Esas frases huecas y, sobre todo, embusteras, me provocan rabia: Ya te llamaré. A ver si quedamos un día. Tengo muchas ganas de charlar contigo, pero voy tan agobiado…

A mi edad, empiezo a estar de vuelta de muchas cosas y quiero invertir mi tiempo en lo que me hace feliz. Todavía mantengo viva la capacidad de soñar y me imagino que ese hombre con el que coincido cada mañana en el bar, mientras ambos tomamos un café apresurado antes de volver al tajo, que me mira sin verme y sigue leyendo el diario, puede ser alguien especial, interesante. Ya sé que poseo una gran capacidad de fabulación, pero sueño que un día él levantará los ojos de las páginas de economía y percibirá que existo. Espero que me salude, que me hable… Ninguno de los dos da el paso.

Cada cual habita en su particular burbuja. Desconfiamos, somos gatos escaldados, y preferimos el anonimato. Incluso hemos perdido la facultad de mantener una conversación interesante y nos perdemos en charlas insustanciales: Hace calor para esta época del año. Nos estamos cargando el planeta. La vida es así. Ésta es la frase hecha que más detesto, porque la vida, si quisiéramos, podría ser de otra manera. Podríamos acercar cuerpos y almas, unir intelectos. Atrevernos a ser. Resulta tan difícil ser. Yo no soy de una manera determinada porque los demás me vean así. Yo soy como quiero que los demás me vean. Yo soy como quiero ser. Pero, a veces, me ahogo en esta sociedad que intenta hacerme ser como no soy. Por eso nado contracorriente hacia Utopía.
 
María Dubón ¤ 9:19 | 2 comments